"Los espectadores de teatro son sobrevivientes que se dividen en tribus"


A FONDO: MAURICIO KARTUN DRAMATURGO

Las tecnologías avanzan sobre los espectáculos, pero el teatro defiende la persistencia de un rito añejo y entrañable, en el que público y actores comparten códigos y tienen tiempos propios.

Claudio Martyniuk.

Tal vez el teatro ofrezca la posibilidad de depurar aquello que nos presenta la realidad, y quizás por eso un tiro de bala en una sala tenga una intensidad inalcanzable para miles de balas televisivas. Con un ánimo divergente, una obra es capaz de tensar la atención, agudizar los sentidos, afinar el discernimiento. "Uno intenta luchar contra las metáforas y la realidad no deja de producirlas", afirma uno de los personajes de Ala de criados, obra escrita y dirigida por Mauricio Kartún que se ofrece el Teatro del Pueblo. De esa manera el teatro confronta con la sensibilidad capturada por la industrialización de la cultura.

¿Sería válido diferenciar a los amantes del teatro de los adoradores de la televisión?

Sí. En nuestra época se modificaron las condiciones de recepción del teatro, articuladas a lo largo de unos veinticinco siglos, porque hay espectadores que piden un tiempo diferente, el tiempo que incorporaron a partir del cine y especialmente de la televisión, que es el lugar donde se consume ficción a diario. Entonces, la vieja cocina del teatro, que es una cocina de autor, donde la comida marcha en el momento en el que la pedís, tiene unos tiempos que no se compadecen con cierta expectativa fast food que crea en el espectador el ver televisión todo el día. El espectador de teatro es un sobreviviente. Mantiene paciencia frente al hecho artístico y le aporta su propio tiempo, en función de lo que ese hecho va a devolverle. Esta actitud se va perdiendo en las nuevas generaciones, simplemente porque les faltó experimentarlo, porque disfrutan de otros tiempos de recepción, porque no pueden ver la realidad sin la velocidad de la edición.

Eso haría difícil hablar de teatro popular.

Resulta difícil hablar de teatro popular, más allá de que el teatro popular en general recurre a algunas formas más o menos festivas que siguen teniendo vigencia. Basta ver, por ejemplo, la experiencia notable del grupo Catalinas en La Boca, que es el teatro de la comunidad hecho por la comunidad, asumiendo los códigos del teatro popular tradicional, del sainete, el circo, los títeres. Esto es diferente al teatro de literatura dramática, que exige tiempo, paciencia, y que paga con un enorme disfrute.

Pero todavía el teatro más exigente tiene predicamento en el país.

He recorrido buena parte de los países en los que el teatro tiene tradición y presencia actual, y diría que no hay una ciudad que tenga la producción teatral que tiene Buenos Aires. Es muy difícil que al abrir la cartelera teatral de un diario en cualquier ciudad del mundo uno encuentre, como se puede encontrar acá un sábado, 250 espectáculos conviviendo en un espacio de cincuenta cuadras. Y es notable cómo se han generado también distintas estéticas.

¿Cómo se gestó esta presencia?

Creo que hay razones históricas, sociales y económicas, como la Ley de Teatro, por ejemplo. Pero lo cierto es que la cantidad de teatro que se hace en Buenos Aires es notable y está sostenida por un público que le da sentido. El teatro argentino está creando espectadores que, curiosamente, se dividen en tribus, algunas muy cerradas. Hay gente que va a ver cierto teatro, por ejemplo, teatro joven, y que no entra jamás a un teatro oficial. Existe el bando contrario, por supuesto. Y hay espectadores del teatro comercial serio, de este teatro norteamericano-europeo que suele versionarse.
Varios directores del circuito off pasaron a esas salas.
Y le aportaron a ese circuito nuevas ideas y maneras de mirar.

¿Es artesanal el trabajo del dramaturgo?

Yo lo reivindico como artesanal. Me encargo de manufacturar buena parte de los objetos que están en el escenario. Y lo disfruto. El hecho de que sea artesanal da poder para disponer sobre la totalidad de la estética de ese producto. También es artesanal en lo que hace al manejo de secretos que se pasan de mano en mano. Como suelen decir los carpinteros, "mi oficio no se enseña, se roba". Yo a algunos les he robado y de otros he conseguido generosas donaciones, como en el caso de Ricardo Monti, mi maestro. Pero la única manera de entender esos secretos del oficio es haciendo teatro, probando y mirando cómo lo hizo otro.

¿Cuál sería el principal instrumento de trabajo?

El teatro es letra y música, y no hablo del teatro musical. Un texto es un provocador de acciones y situaciones teatrales, pero además es un fenómeno musical. Tiene una organización musical, una armonía y una belleza que lo emparenta con lo musical. El teatro clásico resolvía esto con el verso y lo musical estaba expresado en la métrica. Que nosotros no usemos el teatro en verso no significa que la musicalidad haya desaparecido. Ella está presente en las formas rítmicas, en un armado, en la belleza de la palabra elegida, en su sonoridad. Pero ese gran atributo de la literatura dramática lo hemos incorporado de una manera distorsionada, como en todo país periférico que se alimenta de la cultura de otros por boca de los traductores. Traductores que no se hacen cargo de la musicalidad sino apenas del sentido estricto de la palabra. Para nosotros, que nos hemos alimentado de Chéjov y Shakespeare, nos resulta difícil entender el fenómeno de lo musical en el teatro; no es así para los españoles. La obra de teatro tiene una estructura musical. Cuando uno elige una palabra, no elige solamente la que mejor representa la idea del personaje, sino aquella que tiene capacidad de evocación y que tiene la condición de nota en una partitura.

¿Cómo afinar la actuación?

Actores, como músicos, los hay con oído y los hay obedientes de la partitura. Son casos diferentes. Yo he trabajado con actores que me modificaban la partitura de una manera maravillosa. El gran ejemplo fue Ulises Dumont, al que jamás logré someter a ninguna de las puntuaciones en las que yo creo de manera militante como organizadoras de la respiración del actor y también de su ritmo. Ulises las traicionaba a cada paso y creaba nuevas formas rítmicas a partir de mi palabra, con su propio oído. Ese tipo de actor es capaz de crear su propia melodía a partir de la partitura de otro. En otros casos, simplemente, como director he aprendido a pedir que disfruten de la puntuación como forma de organización de la idea del texto. En esa puntuación, el dramaturgo instala una hipótesis de tiempo; y cuando se entiende el código de esa puntuación se transforma la forma de entender el texto. Pero siempre se requiere que el actor entienda cómo darle verdad a la palabra.

¿Cómo se sostiene la repetición de la obra, diez, cien veces?

Es un misterio que sólo los actores pueden entender en su propio cuerpo. La mayoría de ellos ni siquiera puede explicarlo. Creo que pasa por el goce del acto mimético. Yo mismo, frente a la repetición de la obra, empiezo a pensar en fórmulas para renovarla. Para renovar el entusiasmo, intercalo observaciones, recupero cosas que se hicieron en viejos ensayos. Y hay veces que siento que los actores me miran como diciendo "no hace falta avivar el fuego, el fuego está presente". Hay que ver cómo se enciende el actor minutos antes de comenzar la función. En segundos, queda atrás un día de mucho trabajo o de mucho dormir y deja entrar al personaje, se convierte, acepta el desafío de lo mimético y lo vive en un estado de gracia. Las buenas obras hechas por buenos actores generan momentos sagrados.

Y desde la intensidad del escenario, ¿cómo se siente al público?

El público sigue siendo para los creadores de teatro el gran misterio. Es el misterio que no nos deja atarnos a una fórmula. Más allá de que hay ciertas manifestaciones que estimulan al actor -si el público ríe, el actor estará más cómico; si tose, estará más nervioso- hay algo en la manifestación de la sala que carga al escenario de una hipótesis. Siempre la interlocución con alguien es una hipótesis. El actor acaba de conocer al público y crea una hipótesis sobre esa relación, y eso le permite darle una forma a lo que hace.

¿Cómo se dispone el tiempo?

El teatro es una forma curiosa de condensación del tiempo. El teatro es tiempo condensado. Jarabe de tiempo. Las obras de teatro nunca duran lo que duraría la realidad de ese fenómeno, aun las que están escritas en tiempo real. El texto teatral se queda con lo necesario.
¿Cómo relata el teatro?

El espectador, cuando se sienta, ve algo, un relato que sucede frente a sus ojos, pero además hay alusiones. De manera que se ha visto una obra pero ha imaginado al menos diez veces más que lo visto. Hay un relato encubierto, en el cual el espectador, creyendo disfrutar de lo que está frente a sus ojos, se carga de aquello que no ve. El manejo solvente de la técnica teatral es aquel que logra la mejor ecuación entre lo que se ve y lo que se alude. Cuanto mayor sea el volumen de lo aludido sin apabullar al espectador en el marco de lo que debe ver, pues mejor es la obra en términos de esa dialéctica. Hay un conocimiento condensado en el cual en dos horas, en realidad, un espectador quizá vio cincuenta. Con esta virtud, al teatro entonces no le cuesta traer una época a la vista del espectador a través de pequeños rasgos que desarrolla a partir de un enorme sistema de alusión. También crea un sistema ritual muy curioso: en el teatro conviven presente, pasado y futuro. El teatro es un presente que continuamente está aludiendo al futuro en la expectativa que crea sobre la resolución del conflicto. Es un presente que alude a un futuro que está vivo en las expectativas, mientras cuenta un pasado. Simultáneamente, el espectador hace su tarea de incorporar conocimiento de los tres planos.

Fuente: Clarín

Los poetas cachorros

LOS TALENTOS, UNA HISTORIA DE INICIACION PARA LAS TABLAS

"Los talentos" se puede ver los sábados a las 23.15, y los domingos de mayo a las 17.30, en Elkafka Espacio Teatral. Lambaré 866. Reservas 4862-5439. Entrada $40.

Por Mercedes Halfon

Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob son amigos de verdad, desde la adolescencia. Hace tiempo, desde un taller de dramaturgia dirigido por Javier Daulte que compartieron, tenían ganas de contar la historia de Lucas, Ignacio y Pedro, amigos también, los extraños adolescentes de Los talentos, chicos algo altivos que componen sonetos y se visten como adultos, pero se desarman cuando aparece una bella mujercita que los arranca de su precocidad y los deja con isabelinos endebles y sin saber qué hacer con las manos.

Dos chicos de esa edad en que la barba es una pelusa gris esperan la llegada de un tercer amigo, en su casa. Por alguna razón este tercer amigo es dueño o inquilino de un bello departamento estilo francés donde estos adolescentes pasan el rato, como si el exterior fuera apenas un espejismo insignificante. Tienen puesta camisa y pantalón de vestir, y entre las bocanadas de humo de sus pipas, y los sorbitos que dan a un vino caro, practican un sofisticado entretenimiento: escribir, alternadamente, los versos de un soneto en una pizarra. Pero no se trata de un relajado pasatiempo artístico, sino de un reto que juegan muy concentrados, y cronometran con un extraño aparatejo manual. La escena –que se inicia con un clavicordio de fondo– recuerda vagamente a Los excéntricos Tenenbaum de Wes Anderson; aunque estos chicos hablan de un modo que sólo podría ser contemporáneo y local:

“–Pará: tercetos. Ahora sí hay que definir una rima nueva.

–Definí vos, te toca a vos.

–¿Isabelino?

–Isabelino son tres cuartetos y un dístico, no hay tercetos.

–Y bueno, hacemos un cuarteto más y después el dístico.

–Ya no se puede, los tres cuartetos tienen que ser serventesios con rima independiente. Pensá, Lucas.

–Bueno, boludo.

–Aparte isabelino en castellano es una mierda. Poné la más clásica, la de Quevedo.”

¿Quiénes son los chicos de Los talentos? Uno podría preguntarse, ¿es posible encontrar otros así en la realidad? Difícil, por eso la obra se vuelve interesante. La rareza de estos casi niños con exceso de intelectualidad atrae. Es que si bien en los últimos años se han sucedido centenares de obras (y películas, y poemas, y bandas de rock) con adolescentes, obras que de algún modo llevaban sus problemáticas a escena, la forma en que Los talentos lo hace es radicalmente distinta. Los intentos de otras obras con jóvenes haciendo de más jóvenes aún pasaban por copiar la estética teen para así lograr un lenguaje teatral desaliñado o naïf. Querían, por así decir, “robar” la tan requerida “onda” de los adolescentes. En Los talentos sucede lo contrario porque sus protagonistas carecen de toda onda, deliberadamente abominan de prácticas adolescentes como ir a bailar, tener una forma moderna de vestirse, escuchar rock, etc. Los adolescentes de Los talentos, sin ser unos freaks o unos nerds desembozados, nos meten de lleno en un nudo emocional mucho más tierno. La compleja, inhibida y estrafalaria edad en que las amistades son pura dependencia y dominación, cuando el nacimiento de una inclinación artística puede ser tortuoso en su absoluta incomprensión, y cuando tener grandes ideas es inviable en la práctica; porque todavía no se sabe cómo lidiar con todo eso, porque todavía los varones tienen esa pelusa gris, y porque en cualquier situación de sociabilidad sólo pensarán en cómo pararse y qué hacer con las manos.

Dos amigos

Para contar la historia de Lucas, Ignacio y Pedro, Los talentos inventa una estética propia con un lenguaje teatral erudito. Es una obra de texto, a pesar de las increíblemente livianas y verdaderas actuaciones de Julián Larquier, Julián Tello y Pablo Sigal. La dramaturgia a cargo de Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob construye esa intensa relación. Es un dúo que, aunque se conoce desde –justamente– la adolescencia, debuta en codirigir una pieza. Mendilaharzu fue el balsero de Historias extraordinarias, y es un asiduo coequiper de Mariano Llinás. Jakob un actor que ha transitado en muchísimas obras del off, y en cine, también en Historias extraordinarias. Juntos fueron hace diez años a un taller de dramaturgia con Javier Daulte, donde Mendilaharzu comenzó esta historia. El material luego fue abandonado. El cuenta: “El problema era que en ese entonces todavía me parecía demasiado a esos personajes, y me resultaba imposible volverlos material para una dramaturgia. Podía hacerlos hablar, estar ahí, ser graciosos, pero no someterlos a un plan, a una narración. Me acuerdo que Daulte me dijo que tenía que abandonar ese material y que en algún momento, cuando pudiera escribirlo, lo iba a retomar”. Así fue. Y tal vez porque la obra trata tanto acerca de la amistad, decidió retomarlo junto a Walter Jakob, amigo suyo de toda la vida, y testigo de la gestación de ese mundito de varones literatos.

Lucas, Ignacio y Pedro hacen sonetos y miles de planes más. Inesperadamente llega la hermana de este último –la hermosa Carolina Martín Ferro– y su delicado castillo de conocimientos comienza a temblar. Es que su cofradía sólo es posible a espaldas del afuera. Como un mundo hecho de vapor que apenas se abra la puerta de calle se disipará.

Los talentos es una obra de teatro de iniciación. Hay películas de iniciación y novelas de iniciación, pero historias teatrales, no tantas. Tal vez porque la condensación del tiempo que el teatro necesita –por lo menos el contemporáneo– impide ese descubrimiento o paso a la adultez que se lleva a cabo a partir de innumerables peripecias. Dice Walter Jakob: “Muchas veces con Agustín nos sentimos tentados de imaginar que al final de la obra, cuando Lucas enjuga sus lágrimas, va hacia su cuaderno y toma notas para completar su poema, nace al mundo de la poesía. Pero esta idea quizá sea un poco romántica, quizá sea como decir: ahora que tiene una herida, una primera gran decepción, está preparado para convertirse en un artista. También creemos que la imagen final es la que mejor explica cómo fue escrita esta obra: Lucas escribiendo e Ignacio haciendo brainstorming para estimularlo”. En Los talentos entonces, la peripecia no es tanto la de los reveses del amor, sino la de la química de la amistad. De ahí parecieran nacer todas las historias.

Fuente: Radar (Página 12)

Boy Olmi volvió a escena con la provocadora pieza "Sótano", junto a Alejandro Parker

Alejado de los escenarios desde hace un largo tiempo, Boy Olmi acaba de estrenar "Sótano", una provocadora pieza que fue éxito en España. "Extrañaba el teatro. Necesitaba volver a transitar esta forma de trabajo", aseguró.

Se trata de un espectáculo firmado por el catalán Joseph María Benet i Jornet y que fue suceso en Europa, en donde sorprendió por su agilidad y temática. Tras este éxito, llegó a Buenos Aires con dirección del español Xavier Alberti en el Teatro Margarita Xirgu.

"Hace muchos años que no hacía teatro y elegí esta obra porque me plantea un desafío a partir del complejo personaje que me ofrece. La obra es una caja de sorpresas", reflexionó el actor, en relación al porqué de su decisión de aceptar este proyecto.

Sobre su relación con su compañero, Alejandro Parker, el actor señaló: "En realidad conocí a Paker a partir de los mismos ensayos de 'Sótano'. Establecimos de inmediato una fuerte alianza, que nos hace sentirnos como dos trapecistas en medio de un salto. En el aire dependemos el uno del otro y confiamos mutuamente".

ENSAYO BREVE

El actor se refirió a la experiencia de trabajar con un director extranjero. "Lo diferente fue que, en este caso, el tiempo de ensayo fue muy breve con relación a otras experiencias. Pero, quizás por eso mismo, fue de una gran intensidad. Alberti montó la pieza en España y traía una propuesta muy clara a la que nos adaptamos durante el proceso que desarrollamos a través de los ensayos", consideró.

También hizo referencia a su ausencia, por algún tiempo, en las tablas teatrales. En este sentido, declaró: "Extrañaba el teatro. Necesitaba volver a transitar esta forma de trabajo. La construcción se hace de manera muy distinta y se trata de un camino muy preciso".

EN LA TELE

Sin embargo, su ausencia no fue plena ya que al actor se lo pudo ver, recientemente, en la exitosa tira "Ciega a citas", que emitió Canal 7 por su pantalla. Y, además, en este tiempo, debutó como director cinematográfico de "Sangre del Pacífico".

" 'Ciega a citas' fue un trabajo muy original y festivo. En el final, cada uno de los personajes se enfrentó a su verdadero destino. Y en cuanto a "Sangre del pacífico", se trata de mi primera película como director y con ella fui inmensamente feliz. Esta semana salió en DVD y mientras aterrizo de ese viaje por supuesto planeo cual será el próximo", concluyó el actor, muy feliz por su presente profesional.

Fuente: El Día

Ficción y elementos históricos se entrelazan en Lovely Revolution

Un espectáculo musical sobre el viaje de Mariano Moreno a Londres

Lovely Revolution se presenta en el porteño teatro La Comedia (R. Peña 1062), los domingos a las 20. En el año del Bicentenario, comienza la segunda temporada de este espectáculo dirigido por Enrique Dacal, escrita por Enrique Papatino y musicalizada por Pablo Dacal.

Esta vertiginosa tertulia de teatro musical propone una atractiva y dinámica puesta sobre el viaje de Mariano Moreno a Londres, que terminaría con su vida. Ficción y elementos históricos se entrelazan para adentrarse en la penumbra que envuelve el último viaje de uno de los artífices de la Revolución de Mayo. Una puesta dinámica de pequeños cuadros de cámara con música en vivo, que cuenta con las actuaciones de Jessica Shultz, Julio Ordano y los propios Enrique Dacal y Enrique Papatino.

“Los discursos y peripecias de los personajes de Lovely Revolution, están construidos tomando algo de lo que sabemos como fue y, también, con otro poco de lo que sospechamos como pudo haber sido”, contó Enrique Dacal, quien también es Director Ejecutivo del Centro Cultural San Martín. “La propuesta dramática es exhibir los imaginarios persistentes en este nuestro mundo actual, sobre aquellos acontecimientos alrededor del 1810 y sus consecuencias. No existe absolutamente ningún respeto por la rigurosidad histórica, ni por la reconstrucción de la época, pero sí se utiliza una mirada crítica y revisionista para con aquella Revolución de Mayo constitutiva de esta tierra como nación. Ficción y subjetividad para anclar en el misterio de aquellos 39 días del viaje de Moreno”, agregó el director.

Fuente: DiagonalesJustificar a ambos lados

Ciclos de cine en la ciudad de Buenos Aires

No forman parte de los festejos por el Bicentenario, pero bien podrían: la sala Lugones y el Malba rescatan la historia del film noir y el policial francés, dos movimientos cruciales para entender qué es (y qué fue, y qué podría ser) el cine.

Durante la segunda posguerra, la crítica francesa encontró, en el grupo disímil de películas norteamericanas cuyo estreno había demorado el conflicto bélico, motivos comunes: un pesimismo que orillaba lo cínico, erotismo subterráneo (en Hollywood regía el represivo Código de Producción), una estilización exagerada y recursos expresivos entonces novedosos como el relato en off y los flashbacks.

Antes de llamarse noirs (por los libros policiales de la Serie Negra con los cuales compartían el gusto por la creación de atmósferas y arquetipos antes que por la rigurosidad de las tramas), a esas historias de perdedores, mujeres fatales y degradación urbana se las conocía simplemente como melodramas.

Pero, caso único en la historia del cine, la etiqueta crítica inventó al género, y el film noir se reprodujo, se transformó e influyó, quizás con mayor autoconsciencia que otros tipos de películas, hasta nuestros días. Basta ver el último filme de Scorsese, La isla siniestra, o la gran femme fatale de De Palma para advertirlo.

Desde la semana pasada y hasta el lunes 13, la sala Leopoldo Lugones del teatro San Martín (Av. Corrientes 1530) ofrece el repaso, en un ciclo tan notable y excesivo como su objeto, por la Enciclopedia ilustrada del film noir. Agrupados en bloques temáticos (Orígenes y nacimientos del género, La consolidación del estilo, El flashback como laberinto, etc.), ya pasaron clásicos como El halcón maltés, con el ícono noir Humphrey Bogart, y Pacto de sangre. Pero queda mucho más, a razón de dos largometrajes por día hasta completar los 46 que componen el ciclo: Laura de Otto Preminger, La mujer del cuadro de Fritz Lang, ejemplo destacado de la influencia del expresionismo alemán en el desarrollo del género, El desvío de Edgar G. Ulmer, cumbre del cine de bajo presupuesto y altísima imaginación visual, entre otras. La programación completa puede consultarse en www.teatrosanmartin.com.ar.

El otro polo de la cinefilia porteña, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Av. Figueroa Alcorta 3415), viene dedicando todo el mes de mayo al polar, nombre que recibe la variante francesa del cine policial. La relación del género con su equivalente al otro lado del Atlántico se explica con justeza en la introducción al ciclo que puede leerse en www.malba.org.ar:

“Francia no tuvo ley Seca, ni vivió el fenómeno del gangsterismo (o no lo vivió del mismo modo que Estados Unidos), por lo que era improbable que en los ‘30 tuviera un cine policial semejante al norteamericano. En cambio, ejerció menos represión sobre su propio cine y eso le permitió abordar las densidades de la novela negra mientras el cine norteamericano se veía obligado a pasteurizarlas”.

Sobre todo en sus encarnaciones nouvelle vagueras (Sin aliento de Godard, Disparen sobre el pianista de Truffaut), las viriles y violentas películas del polar dejaron una huella profunda en la historia del cine, influyendo incluso sobre el policial estadounidense, en un movimiento de retroalimentación similar al que se dio entre el western y el cine de samurais japonés.
Queda sólo este fin de semana para ver algunas de las 36 películas que pasaron por el ciclo, pero es más que suficiente para maravillarse y entender qué es lo que pasa cuando la consabida “magia del cine” se vuelve nigromancia.
A. M.

Imperdibles

Podrían ser más, podrían ser todas, pero aquí van cuatro recomendaciones que no habría que dejar pasar de los ciclos en la sala Lugones y el Malba:

Sábado 29 de mayo a las 17 y 22.

Al borde del abismo, de Howard Hawks

La adaptación de El sueño eterno, primera novela de Raymond Chandler y primera aparición del detective Marlowe, fue guionada por el escritor William Faulkner y protagonizada por el matrimonio Bogart-Bacall. Con esa selección de nombres, no puede ser otra cosa que una obra maestra. Sensual y laberíntica, cuenta la leyenda que Bogart y Hawks no entendían quién mataba a uno de los personajes en la novela original. Le preguntaron a Chandler, que les respondió: “¡Carajo, yo tampoco lo sé!”.


Miércoles 2 de junio a las 17 y 22.

Traidora y mortal, de Jacques Tourneur

El director de las terroríficas La mujer pantera y Yo dormí con un fantasma también se le animó al cine negro. Y cómo: Out of the Past -tal su título original- es una de las mejores películas de la historia del cine, para casi todos los especialistas. Una telaraña densa de mentiras cruzadas, engaños y persecuciones peligrosas, protagonizada por un Robert Mitchum de sobretodo eterno, Jane Greer como la más fatal de todas las mujeres del noir y un jovencísimo Kirk Douglas.


Viernes 28 de mayo a las 14.

El último suspiro, de Jean Pierre Melville

La película definitiva de Melville (Bob le Flambeur) comienza en movimiento y termina estática, como los demás grandes pilares de la historia del cine negro, luego de una balacera enroscada y sin sobrevivientes. Y, al igual que en ellos, acá la cosa es más simple de lo que parece: un gángster anda suelto por Francia (llamado simplemente Gu y actuado magistralmente por Lino Ventura) y la policía le sigue el rastro, primero recolectando los cuerpos al costado del camino y después -cínica y despiadadamente- desparramándolos por su cuenta.


Domingo 30 de mayo a las 21.30.

Las diabólicas, de Henri-Georges Clouzot

Basándose en una novela de Boileau-Narcejac (los mismos de Vértigo de Hitchcock), el director de El salario del miedo cruza al noir con el terror en este relato cuyo verdadero protagonista es un cadáver ausente que se niega a emerger de una piscina. Protagonizada por las hermosas y letales Simone Signoret y Véra Clouzot (esposa del director), tiene, además de un suspenso apenas tolerable, un aviso al público como los que ponía Hitch para que su tremendo final no fuese revelado a los incautos.

Fuente: Hoy